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La oscuridad me volvió a cegar.
Jugaron conmigo los negros demonios.
Con su negro manto fuí arropado.
Con promesas de luz engañado.

Mas yo impetuoso, ansioso,
quise creer en su verdad.
Me dejé arrastrar, y pagué
el duro precio del errar.

Demasiado tarde, creyeron ellos.
Demasiado dolor, que me aniquilaría.
Pero velaba por mí una dulce promesa.
Un hada luminosa me resucitaría.

Me creyeron inerte,
o herido de muerte.
Se olvidaron de mí, se alejaron.
Y asomó la luz, por un pequeño claro.

¡Gracias pequeña hada!
¡Me devolviste la vida!
¡Tu amor alentó mi alma!
¡Tu luz curó mi herida!

Mi ser bañado en lágrimas,
del dolor más humano.
Tristeza, odio y confusión
en mi corazón anidaron.

-¡No lo permitas!-
El hada se estremeció.
Y ví cara a cara
al demonio que me derrotó.

Mi espíritu conmocionado,
a los infiernos arrastrado,
se irguió entre los malditos
que lo condenaron.

Nunca el infierno ardió tan alto.
Lenguas de fuego hasta los cielos.
Escapó mi alma del tormento,
herida, llena de sufrimiento.

Me levanté de entre los muertos,
con una imagen en mente grabada:
Era un hada inocente,
que por mi pérdida lloraba.

El Amor reina sobre todas las cosas,
y fué por Amor que resucité.
Sólo un ser de Amor pudo inspirarme,
y es por Amor que viviré.

Tony Vera Díaz. 14.01.1997